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/ 29 febrero 2024

El dinero en efectivo y las razones de por qué no es práctico

El dinero en efectivo y las razones de por qué no es práctico

En un segundo plano y con pocos síntomas de resistencia. En estas coordenadas se está moviendo el dinero en efectivo como forma de pago desde que el impacto de la pandemia de la COVID-19 trajo consigo el gran empuje de la digitalización. Los datos son concluyentes: según la última Encuesta Nacional sobre el Uso del Efectivo elaborada por el Banco de España, sólo el 35,9% de los consumidores elige este método de pago como el más frecuente, mientras que el 54% se decanta por las tarjetas de crédito y débito.

La perspectiva de cara al futuro tampoco ayuda, y es que el informe Payments de la consultora PwC deja claro que los pagos electrónicos a nivel mundial se van a triplicar en cuestión de siete años, hasta rebasar los tres billones de transacciones. Acciones tan cotidianas como hacer la compra con tarjeta, utilizar Bizum entre amigos o pagar con Paypal en la ruleta intensifican estos números, como también lo hacen las desventajas que tiene asociadas el dinero en metálico. A continuación, las más importantes, las que dan preferencia al formato digital, las que anuncian un ocaso que parece inevitable.

El actual panorama financiero se caracteriza, entre otras cosas, por los altos índices de rastreabilidad que ofrecen las operaciones electrónicas, un atributo de seguridad del que no pueden presumir los pagos con dinero en efectivo. Esta ausencia de rastro digital es la que fomenta la proliferación de delitos tan graves como la evasión fiscal o el blanqueo de dinero, posibilitando de este modo el refuerzo de la economía sumergida. El pago con billetes y monedas complica mucho detectar cuál es la procedencia y la trazabilidad de estos, lo que supone un auténtico reto para los organismos encargados de hacer cumplir la ley en torno al escenario financiero.

Otro de los inconvenientes que plantea el efectivo es que como formato físico se presta con más facilidad a los robos y las pérdidas, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo con las tarjetas de crédito, las aplicaciones de móvil o los monederos virtuales. Estos últimos casos cuentan incluso con avanzados sistemas de ciberseguridad, tales como la encriptación de datos o los protocolos de identificación biométrica, que evitan que terceras personas puedan tener acceso al dinero. Además, para que desaparezca el efectivo no necesariamente hay que sufrir un atraco; basta con perder la cartera.

Tampoco habla bien del dinero en metálico ni su facilidad para transmitir enfermedades. Sólo el hecho de que los billetes y las monedas, portadores de virus y bacterias, vayan pasando de unas manos a otras entraña un riesgo que, aunque pasa desapercibido, no deja de estar presente. Fue precisamente en tiempos de pandemia cuando se disparó la conciencia social sobre esta problemática, en un periodo de tiempo que sirvió para extremar las medidas de higiene en torno al intercambio de efectivo y que propició el impulso de otras métodos de pago sin contacto físico de por medio.

La circulación del efectivo entraña además un coste complementario que a día de hoy carece de sentido. Es decir, las entidades financieras necesitan invertir en logística y múltiples recursos para asegurar que este tipo de dinero entre y se desenvuelva en el circuito económico con total garantía. No faltan los ejemplos: los bancos tienen empleados que se ocupan de contar y clasificar el efectivo; existen empresas de seguridad encargadas de custodiarlo y trasladarlo; su propia fabricación también implica un gasto considerable. Son, por lo tanto, constantes que se reducen a cero con el desarrollo de los pagos electrónicos.

Por último, es importante poner de relieve que en estos momentos, según el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad en sus monográficos de cara a 2026, el 64% de la población española ya cuenta con las competencias digitales básicas que exige la actualidad. Es decir, el conocimiento y la implicación de los ciudadanos en este tipo de territorios está provocando que la apuesta por las nuevas formas de intercambio monetario siga consolidándose y creciendo año tras año. Se trata de una circunstancia que desplaza del circuito a aquellos que todavía no están listos para participar en entornos digitales, que no conciben un sistema financiero más allá del dinero en efectivo. Cuanto mayor es el número de transacciones electrónicas, como es el caso, mayor es también el riesgo de exclusión que asumen quienes no están familiarizados con esta nueva economía.

En definitiva, parece evidente que el dinero en efectivo afronta una etapa de desafíos que podrían favorecer su desaparición a largo plazo. Entre ellos, los que han dado forma a este artículo: problemas para concretar una procedencia, inseguridad, riesgos sanitarios, costes añadidos y exclusión financiera. La alternativa continúa ganando la batalla, y parece que además lo hace sin freno alguno a la vista.

En un segundo plano y con pocos síntomas de resistencia. En estas coordenadas se está moviendo el dinero en efectivo como forma de pago desde que el impacto de la pandemia de la COVID-19 trajo consigo el gran empuje de la digitalización. Los datos son concluyentes: según la última Encuesta Nacional sobre el Uso del Efectivo elaborada por el Banco de España, sólo el 35,9% de los consumidores elige este método de pago como el más frecuente, mientras que el 54% se decanta por las tarjetas de crédito y débito.

La perspectiva de cara al futuro tampoco ayuda, y es que el informe Payments de la consultora PwC deja claro que los pagos electrónicos a nivel mundial se van a triplicar en cuestión de siete años, hasta rebasar los tres billones de transacciones. Acciones tan cotidianas como hacer la compra con tarjeta, utilizar Bizum entre amigos o pagar con Paypal en la ruleta intensifican estos números, como también lo hacen las desventajas que tiene asociadas el dinero en metálico. A continuación, las más importantes, las que dan preferencia al formato digital, las que anuncian un ocaso que parece inevitable.

El actual panorama financiero se caracteriza, entre otras cosas, por los altos índices de rastreabilidad que ofrecen las operaciones electrónicas, un atributo de seguridad del que no pueden presumir los pagos con dinero en efectivo. Esta ausencia de rastro digital es la que fomenta la proliferación de delitos tan graves como la evasión fiscal o el blanqueo de dinero, posibilitando de este modo el refuerzo de la economía sumergida. El pago con billetes y monedas complica mucho detectar cuál es la procedencia y la trazabilidad de estos, lo que supone un auténtico reto para los organismos encargados de hacer cumplir la ley en torno al escenario financiero.

Otro de los inconvenientes que plantea el efectivo es que como formato físico se presta con más facilidad a los robos y las pérdidas, a diferencia de lo que ocurre por ejemplo con las tarjetas de crédito, las aplicaciones de móvil o los monederos virtuales. Estos últimos casos cuentan incluso con avanzados sistemas de ciberseguridad, tales como la encriptación de datos o los protocolos de identificación biométrica, que evitan que terceras personas puedan tener acceso al dinero. Además, para que desaparezca el efectivo no necesariamente hay que sufrir un atraco; basta con perder la cartera.

Tampoco habla bien del dinero en metálico ni su facilidad para transmitir enfermedades. Sólo el hecho de que los billetes y las monedas, portadores de virus y bacterias, vayan pasando de unas manos a otras entraña un riesgo que, aunque pasa desapercibido, no deja de estar presente. Fue precisamente en tiempos de pandemia cuando se disparó la conciencia social sobre esta problemática, en un periodo de tiempo que sirvió para extremar las medidas de higiene en torno al intercambio de efectivo y que propició el impulso de otras métodos de pago sin contacto físico de por medio.

La circulación del efectivo entraña además un coste complementario que a día de hoy carece de sentido. Es decir, las entidades financieras necesitan invertir en logística y múltiples recursos para asegurar que este tipo de dinero entre y se desenvuelva en el circuito económico con total garantía. No faltan los ejemplos: los bancos tienen empleados que se ocupan de contar y clasificar el efectivo; existen empresas de seguridad encargadas de custodiarlo y trasladarlo; su propia fabricación también implica un gasto considerable. Son, por lo tanto, constantes que se reducen a cero con el desarrollo de los pagos electrónicos.

Por último, es importante poner de relieve que en estos momentos, según el Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad en sus monográficos de cara a 2026, el 64% de la población española ya cuenta con las competencias digitales básicas que exige la actualidad. Es decir, el conocimiento y la implicación de los ciudadanos en este tipo de territorios está provocando que la apuesta por las nuevas formas de intercambio monetario siga consolidándose y creciendo año tras año. Se trata de una circunstancia que desplaza del circuito a aquellos que todavía no están listos para participar en entornos digitales, que no conciben un sistema financiero más allá del dinero en efectivo. Cuanto mayor es el número de transacciones electrónicas, como es el caso, mayor es también el riesgo de exclusión que asumen quienes no están familiarizados con esta nueva economía.

En definitiva, parece evidente que el dinero en efectivo afronta una etapa de desafíos que podrían favorecer su desaparición a largo plazo. Entre ellos, los que han dado forma a este artículo: problemas para concretar una procedencia, inseguridad, riesgos sanitarios, costes añadidos y exclusión financiera. La alternativa continúa ganando la batalla, y parece que además lo hace sin freno alguno a la vista.

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